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lunes, 6 de mayo de 2019

Buen viaje, tío Alberto

Me exponías, con suma fluidez, sobre Humanista y Cognitiva, además de las posturas filosóficas que sustentaban cada perspectiva, cuando yo iniciaba en el mundo de la psicología. Fuiste, por ahora, el único por fuera de ese campo al que escuché hablar con tal propiedad del tema. El único no formado en la academia con ese nivel de conocimiento alcanzado en el autoaprendizaje, si existe tal. Siempre leyendo. En el ejercicio de evocar acudo a la infancia y hay una imagen recurrente: vos ahí, sentado, con un libro de física cuántica, otro de astronomía. Algunas ideas de conspiraciones que me siguen sonando ilusorias, pero no por ello despojadas de magia y amparadas en una fértil imaginación. Esa misma pose que tuviste en tus últimos tiempos: rascando tu barba y bigote, casi sin hablar, con una postura reflexiva propia de cualquier pensador de antaño. ¿A dónde acudía la llamada mente, ahora en ausencia de textos? Quizás transitabas las líneas antiguas, repasabas autores mientras tus ojos permanecían cerrados. Rascada de bigote cual compulsión, en una búsqueda incesante de remediar el mal causado, supongo ahora en un afán de interpretar, de sobreinterpretar tal vez.

Hombre de contrastes, de claros y oscuros. Sin matices, apuntando a extremos, con el exceso puesto a su servicio. Sujeto capaz de reflexionar sobre el ser con la mayor sensatez, al tiempo de dotado con la potencia suficiente para autodestruirse y, de paso, a otros.

Esa relación simbiótica, que bien podría patologizar cualquier psicólogo clínico sin requerir de evaluaciones profundas, no daba cabida para que alguno de los dos viviera sin el otro. Si existe un lugar al que se llegue al dejar el cuerpo allá están, de nuevo, cual unidad inseparable. Sabíamos que tras la muerte de mi abuela pronto partirías.

Buen viaje, tío Alberto.



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